martes, 8 de noviembre de 2011

La actitud meditacional



            Meditar es mucho más que una práctica concreta de desarrollo mental. Meditar no es sólo sentarse a meditar, no es sólo vérselas con la mente durante media hora o una hora al día, no es sólo vivenciar los dolores de nuestro esqueleto durante un prefijado período de tiempo. Ese tipo de meditación es imprescindible, sí, pero meditar no es como unos zapatos de los que te despojas cuando quieres. Meditar es una actitud. Hay meditación en quietud y meditación en acción. Meditar es mantener la consciencia alerta. Meditar es mantener la armonía. Meditar es mantener la ecuanimidad. Meditamos si estamos atentos a la palabra, a los pensamientos, a los actos.

                 Meditamos cada vez que frenamos las contaminaciones de la mente, cada vez que observamos con atención, cada vez que indagamos en nuestra profunda naturaleza. Se medita así en el mercado y en el trabajo, en el ocio y en cualquier  circunstancia que se presente. Y así se va entrenando la mente superior, la supraconsciencia, la capacidad de percepción más allá de lo aparente, del barniz, de la superficie. Vas persuadiendo a tu mente cada vez que meditas para que esté más atenta, más despierta. Unas veces meditas hacia dentro, otras meditas hacia fuera. Unas veces te aplicas a tus profundidades; otras tratas de captar todo lo que sucede a tu alrededor. Y con la meditación empiezas a comprender, empiezas a obtener los resultados de esas condiciones que están poniendo para hacer posible el glorioso fluir de la Sabiduría.



                Comienzas a comprender  que la fiesta está dentro de nosotros y no fuera, que la única posibilidad de satisfacción está en el mundo interior y no en el exterior; que el más auténtico  maestro está en nuestra naturaleza original. Comienzas a comprender que cuando pierdes el ego ganas la Totalidad, que el ser humano desde que ha adquirido consciencia debe evolucionar conscientemente y no mecánicamente, que estamos enredados en tan sutiles mecanismos de autoengaño que pensamos que hacemos algo por altruismo cuando todo es por obtener una ventaja personal. Comienzas a comprender que nos movemos frenéticamente hacia el placer y que huimos no menos frenéticamente del dolor y que esa dinámica condiciona absolutamente toda nuestra existencia. Comienzas a comprender que debe haber una dimensión más allá de esa dinámica, una dimensión que sea precisamente la ausencia de placer-dolor y por tanto el florecimiento de la plenitud. Comienzas a comprender que tu ego es una proyección, una falsa identidad, un espejismo y por otro lado espectro, pero a la vez un gran vacío que es el todo o un gran todo inmaculadamente vacío. Y meditando iremos descubriendo nuestra propia realidad, que es otra que la realidad del ego.

            Meditamos para despojarnos del ego, para desenmascarar al ego, para desnutrir ese ego que es el armazón de la burda máscara de la personalidad.

Ver también: http://carlos-ananda.blogspot.com/2011/11/la-observacion-de-la-mente.html





           

Colección fascículos YOGA, tomo 2 (Ramiro Calle)

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